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LA NACIÓN
NACIÓN DOMINGO
Domingo 14 de enero de 2007
GABRIEL SALAZAR PUBLICA “SER NIÑO HUACHO EN LA HISTORIA DE CHILE”
"Me crié rodeado de huachos"
El Premio Nacional de Historia 2006 vivió en una población cerca de cabros chicos que dormían al borde del Mapocho. En su nuevo libro reclama la ausencia del tema en la memoria nacional, y habla de la hipocresía, el abandono y desmitifica al famoso huacho Riquelme. Un relato en primera persona donde dice “teníamos que apandillarnos, o morir”.
Javier García
Hace más de una década, y como un hombre buceando en el pasado, Gabriel Salazar se sumergió en el Archivo Nacional para ahondar en temas de Estado, de empresarios del siglo XIX, y así realizar un retrato que será parte de su próximo libro. Y, como guijarros dispersos en la oscuridad, el Premio Nacional de Historia hallaba anotaciones a pie de página, en los bordes de hojas amarillas y arrugadas, donde se hablaba de niños sin nada como islas sin patria. “Estaba investigando otros temas, y me di cuenta que por todas partes hay pequeños datos, que van mostrando la situación de los niños, porque en los libros de historia nunca se ha escrito sobre ellos”, explica.
Salazar fue más allá, e incluso en el libro “Ser niño huacho en la historia de Chile (siglo XIX)”, publicado esta semana por Lom Ediciones, escribe como si él fuese el niño huacho. “Es su discurso histórico, pero usando toda cantidad de documentos que indirectamente me hablaban de ellos; por eso el libro son siete cuadros, donde cada artículo tiene un ritmo y un color distinto”, afirma Salazar, quien vivió su infancia en una población de Recoleta, y agrega: “Me crié rodeado de huachos”.
SIN CASA NI ÁRBOL
En el segundo retrato del libro, Salazar escribe: “Nuestra única posibilidad radicaba en buscarnos entre nosotros mismos, puertas afuera. En construir algo ‘entre' los huachos, ‘por' los huachos y ‘para' los huachos. Estaba claro: teníamos que apandillarnos, o morir”.
El autor, entre otros títulos, de “Labradores, peones y proletarios”, señala que la expresión huacho es de origen quechua y alude más bien a niño abandonado, solo, pero “es evidente que se vincula a sociedades coloniales, al gran desarrollo del mestizaje en el siglo XVII. Los españoles tenían relaciones con mujeres indígenas, pero esperaban casarse con españolas una vez que regresaran a la Península”, dice Salazar.
Además, en esos tiempos existió una legislación española y un derecho indígena, “pero no existió un derecho específico para los mestizos. Eso determinó que estos niños no tenían un estatus reconocido; en consecuencia, se encuentran doblemente solos. Ya en el siglo XVIII, el huacho aparece como una condición de inferioridad social. Ellos no son hijos de familia, y por ende no tenían casa, y tampoco vecinos; o sea, tampoco eran ciudadanos”, expresa.
–También el ser huacho es una metáfora del continente, ¿no?
–Tanto los españoles como los criollos tendieron siempre a considerar que su verdadera identidad patronímica los conducía a Europa, como los descendientes de españoles consideran a Europa la matriz de su identidad, y como la gran referencia de la oligarquía chilena. Mientras el huacho no tiene ninguna posibilidad, no tiene familia, ni ancestros, ni genealogía.
“DOMINGO SIETE”
Y como en un cuento costumbrista, antiguamente llegaban los misioneros al campo y la provincia a bautizar huachos, o a unir a parejas que nunca se habían casado ni bajo un parrón.
Quizá el caso más histórico es el del huacho Riquelme, Bernardo O'Higgins. “Él es un huacho de una condición muy distinta, porque su padre fue gobernador de Chile, virrey del Perú, de origen irlandés, de mucho dinero, y le financió estudios en Inglaterra. Su madre era de una familia terrateniente de Chillán. Pero él fue huacho por una razón muy simple: el virrey no podía casarse porque las normas establecidas por las Leyes de Indias prohibían que altos funcionarios del Imperio se involucraran con familias criollas”, sentencia.
–¿Cómo se desarrolla el tema en el siglo XX?
–Permanece el desprecio hacia el huacho, quien representa un estigma, una mancha para la familia, y sobre todo para la clase alta, donde era una humillación. Las mujeres que tenían un “domingo siete”, como se decía, eran ocultadas como los niños. Había que reprimir las actividades que conducían al huachismo. A mí me interesa hacer la historia social no sólo de los grandes procesos estructurales, sino también tiendo a mirar la historia desde la perspectiva de los sujetos reales de carne y hueso.
Sentado en la silla de su estrecha oficina de la Universidad de Chile, Salazar recuerda la población de obreros en la que vivió, rodeada de poblaciones callampas y conventillos, y termina diciendo: “Era tan evidente la cantidad de niños huachos, que nadie hablaba de huachos, porque todos éramos huachos. Lo que yo veía no lo encontré en ningún libro de historia, nadie me lo enseñó”.