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ÓRDENES MILITARES
Las órdenes militares fueron cofradías o hermandades de caballeros que unían a una finalidad puramente religiosa la misión militar de combatir al infiel.
Producto típico de la edad media, confluyeron en su espíritu y en su formación un conjunto de elementos cuya importancia relativa es díficil de precisar. De un lado la intensa religiosidad de la época, que alcanzaba en los siglos XI y XII su más alta manifestación en la Órden del Císter, a cuya regla se someterán las nacientes órdenes militares. De otro lado, el espíritu guerrero que elevaba como modelos de vida ejemplares, junto a la contemplativa del monje, la activa del caballero, cuya fuerza protege al pobre y al desvalido, poniendo la actividad militar al servicio de la justicia, y que unirá en éste ideal a todos los caballeros en una hermandad espiritual: la Órden de Caballería.
La fusión de estos elementos se encauzará hacía la gran tarea de la época: la guerra contra el infiel. Pero quizás en ésta amalgama de vida monástica y de vida guerrera que fueron las órdenes militares, pesó decisivamente, como ya señaló Asín Palacios y ha desarrollado últimamente Américo Castro, el mismo ejemplo musulmán del ribat , convento fronterizo en que comunidades de ascetas (almorávides) unian a la práctica del perfeccionamiento interior la defensa de las fronteras del Islam, siendo, a la vez, como los caballeros de las Órdenes militares, monjes y soldados.
Las Órdenes militares constituyen, en efecto, una congregación religiosa, para cuya formación es precisa la autorización pontificia y cuyos miembros tienen que hacer votos canónicos, pero, al mismo tiempo, son hermandades de caballeros dedicados a la guerra contra el musulm
án. Las primeras Órdenes militares nacieron en Palestina, con ocasión de las cruzadas, y fueron las de los Hospitalarios y las de los Templarios. Estas Órdenes se extendieron muy pronto por España, sobre todo por Cataluña y Aragón, cuyo rey, Alfonso I, les legó, en un testamento mo cumplido, su reino.
Pero también en Castilla aparecen ya en el siglo Xii, y en 1147 les concedió Alfonso VII la villa recién conquistada de Calatrava. Pronto surgieron, sin embargo, las Órdenes militares españolas. Quizá el ejmplo del ribat musulmán produjo desde muy pronto asociaciones de carácter análogo, pero la influencia de las Órdenes extranjeras fue decisiva. Precisamente la retirada de los templarios de Calatrava, que se declararón incapaces de resistir el empuje almohade, hizo que se encargase de la defensa de monjes cistercienses y de caballeros que formaban la primera Órden miliatr española, la de San Julián de Pereiro, llamada más tarde de Calatrava.
Pocos años después surgieron las de Alcántara y Santiago. La primera dependió en su origen de la de Calatrava, y la de Santiago unió a su carácter militar el hospitalario, pues su misión, además de combatir al infiel, fue proteger y albergar a los peregrinos que de toda Europa afluían al sepulcro del apóstol.
La cuarta Órden militar española, la de Montesa, fue fundada por Jaime II de Aragón para sustituir a la de los templarios, suprimida por el papa Clemente V en 1308, por influencia de Felipe IV de Francia, enemigo implacable del Temple. La Órden de Montesa pasó a disfrutar de las villas y rentas de los templarios. Algunas otras Órdenes militares como la de Santa María, fundada por Alfonso X, y la de la Banda, por Alfonso XI, tuvieron una vida efímera. Las cuatro grandes Órdenes españolas, Calatrava, Santiago, Alcántara y Montesa adquirieon pronto gran importancia, sobre todo las dos primeras.
La de Calatrava dependía de las Órden del Císter, uno de cuyos provincials tenía sobre ella el derecho de visita e inspección, pero con el tiempo esta dependencia se hizo meramente
teórica. De ella dependía la Órden de Alcántara, que se separó muy pronto y la Avís de Portugal, y sus maestres tenían el derecho de visita en la de Montesa.
Al frente de cada Órden estaba el maestre, auxiliado por los comendadores mayores, y entre sus miembros se distinguían los caballeros seglares de los monjes profesos, que ejercían las funciones de capellanes; pero todos ellos estaban sometidos a una misma disciplina religiosa y militar.
Las Órdenes miliatres desempeñaron un papel impotantísimo en la Reconquista, especialmente en lo que hoy es Castilla la Nueva, y en la repoblación de nuevos territorios. Pronto tuvieron grandes señoríos y riquezas, fuente de su poder político, y las encomiendas o lugares de las Órdenes que estas entregaban a algunos de sus caballeros (comendadores) para que los defendiesen y gozasen de sus rentas fueron numerosísimas.
Por una parte, una serie de privilegios aumentaba su fuerza. Así, estaban exentas de la jurisdicción de los obispos y dependían directamente de la Santa Sede. Consecuencia de todo ellos es que en los últimos siglos de la Edad Media se convirtieron en un peligro para el poder real. Perdido el carácter primitivo, olvidada la pobreza de sus primeros caballeros, ya no era " el vitio de ellos delgado comer et aspereza de lana ell vestido de ellos " (Crónica General de Alfonso el Sabio), sino, que sus maestres, pertenecientes a la más alta nobleza, las utilizaban como instrumentos para sus ambiciones personales.
Po r otra parte, su doble carácter religioso y militar provocó no pocos conflictos. El maestre de cada Órden era elegido por la Órden misma, pero necesitaba la confirmación pontificia, y en más de una ocasión los reyes intervinieron en la
elección provocando violentas reacciones, como ocurrió cuando Juan II de Castilla quiso imponer como maestre de Calatrava a don Alfonso, hijo natural del rey de Navarra, a lo que se opuso el maestre electo Fernando de Padilla, amenazando con recurrir a las armas, hasta que cedió el rey. Por el contrario logró que se nombrase maestre de Santiago a don Álvaro de Luna.
No faltaron tampoco conflicto entre las Órdenes y el Papa, y así, la misma Órden de Santiago rechazó las pretensiones pontificias de cobrar la media anata cuando ocurrió la elección de maestre de don Alfonso (el hermano de Isabel la Católica), en 1465. Los Reyes Católicos, fieles a su política centralizadora, dieron el paso decisivo para acabar con el peligro que suponía el poderío y riqueza de las Órdenes militares, incorporando los maestrazgos a la corona. La vinculación fue reconocida por Adriano VI, en 1523. Sólo subsistió independiente la de Montesa hasta 1587, en que Felipe II la unió también a la corona. Desde entonces, las Órdenes militares, privadas de su independ
encia pontificia, decaen rápidamente, pero aun conservan algún tiempo señalados privilegios y cuantiosas riquezas que algunas veces sirvieron de garantía a los banqueros de Carlos V (Carande), hasta que la desamortización y las tendencias centralizadoras del siglo XIX redujeron las Órdenes militares, salvo el breve período de la primera República en que fueron suprimidas, a simples corporaciones honoríficas. [A.L.S. 9 ]